Slow Parenting: un nuevo modelo de crianza

Esta manera de ver la crianza pone énfasis en no tomarse la educación de los hijos como una carrera.

El Slow Parenting, o Paternidad Lenta, es un estilo de crianza que promueve la educación basada en los ritmos naturales de los propios niños, más allá de insistir en que adquieran conocimientos lo más rápido posible.

Desde que surgió ha sido considerada como una revolución educativa, ya que hace críticas importantes a los estilos de crianza basados en la hiperactividad, y procura que los niños estén felices y satisfechos con sus propios logros, aún si estos no los convertirán en los más ricos ni en los más populares ni en los más veloces.

¿QUÉ ES EL SLOW PARENTING?

El Slow Parenting (Paternidad lenta) es también conocido como Simplicity Parenting (Paternidad de la simplicidad). Se trata de un estilo de crianza basado en estilos de vida mediante los cuales las actividades cotidianas se realizan a ritmos adecuados, sin poner presión por avanzar en el desarrollo de los aprendizajes y de las habilidades.

Es decir que, lejos de tratarse de un movimiento que sugiere hacer todas nuestras actividades lentamente, se trata de una propuesta educativa que valora la calidad sobre la velocidad: sugiere que es más valioso hacer las cosas lo mejor posible, que hacerlas a la mayor rapidez. Así, procura que los niños aprendan la importancia de lograr sus propias metas, más allá de lograrlas primero.

El Slow Parenting surge en respuesta a las consecuencias negativas de los estilos de crianza que están basados en la rapidez y la hiperactividad; cuestión que también se enmarca en el Slow Movement (Movimiento Lento), donde se discute la tendencia de nuestras sociedades a equiparar el éxito con la velocidad.

UNA PROPUESTA EN DEFENSA DE LA LENTITUD

La propuesta del Slow Parenting nace de una serie de libros escritos por el periodista canadiense Carl Honoré, quien, de hecho, nunca utilizó el término “Slow Parenting”, pero sí cuestionó la evidente obsesión por la aceleración que es característica de las sociedades occidentales.

Tendemos a hacer las cosas demasiado rápido, es decir, nuestros hábitos están fuertemente basados en la velocidad. Es así porque consideramos esta última como un factor de éxito: es más valioso llegar primero; que el propio proceso de llegar a cumplir nuestros objetivos.

El problema es que este es un estilo de vida que a la larga repercute en nuestra salud, en nuestras relaciones afectivas, en nuestra productividad y en nuestra creatividad. En otras palabras, el exceso de prisa afecta directamente nuestra calidad de vida, con lo cual, no deberíamos transmitir a los niños dichos valores.

Aunque el propio autor dice no haber utilizado nunca el concepto de “Slow Parenting”, ahora que ya se ha extendido lo define como una forma de crear balance en el hogar, que se basa en la siguientes premisa: es evidente que los niños necesitan desarrollarse y adaptarse a las distintas exigencias que cada entorno les presenta, pero esto no quiere decir que la infancia se trate de una especie de carrera.

Los padres deben brindar a los niños el tiempo que sea necesario para que exploren el mundo en sus propios términos. Así, la propuesta del Slow Parenting es dejar que los pequeños funcionen conforme a sus propias necesidades, ya que son éstas el reflejo de su verdadero potencial (y no de lo que los adultos queremos que sean, hagan, aspiren o logren).

Esto significa también que los niños recibirán la atención y el afecto que necesitan sin estar condicionados a los ritmos que los adultos marcamos en nuestras actividades de adultos.

¿POR QUÉ LA VELOCIDAD SE CONVIRTIÓ EN UN SINÓNIMO DE ÉXITO?

Carl Honoré también ha explicado que nuestra tendencia a educar con velocidad, ha surgido de la necesidad que tenemos los adultos de crear una “infancia perfecta”. El problema es que con frecuencia, esta perfección está bastante centrada en ideales de consumo.

Por ejemplo, ante la demanda generalizada de “perfección” en las sociedades occidentales, buscamos constantemente tener “la casa perfecta”, “el empleo perfecto”, “el coche perfecto”, “el cuerpo perfecto”, y no pueden faltar “los niños perfectos”; lo que además conecta con las nuevas necesidades generadas en la globalización: competir es la forma de responder ante las crisis y las incertidumbres laborales.

Aunado a esto, Honoré señala las últimas transformaciones en los modelos familiares, donde el número de hijos que tienen muchas parejas en países desarrollados ha disminuido, brindándole a los padres menos oportunidad de generar experiencia en la crianza.

Asimismo, la edad a la que las personas se vuelven padres transforma de manera importante los estilos educativos. Ante todo lo anterior, es común que los padres sientan desconfianza e incertidumbre sobre sus prácticas, y al no saber cómo crear a los “hijos perfectos”, delegan la responsabilidad a especialistas, tutores, etc.; y terminan transmitiendo entre ellos mismos (entre los padres de distintas familias) exigencias de perfección y la idea de infancia como competencia.

ALGUNAS SUGERENCIAS DEL SLOW PARENTING

Para empezar a contrarrestar lo que hemos desarrollado en el apartado anterior, una de las propuesta del Slow Parenting es tratar de pasar más tiempo en familia, pero procurando que la actividad principal no sea ir de compras, y tampoco convivir alrededor de dispositivos que no facilitan la interacción, como la televisión; sino a través de actividades verdaderamente interactivas, que además dejen espacio para la inactividad y el descanso de todos.

Otra de las sugerencias es potenciar el juego espontáneo de los niños, que es aquel que inicia a partir de su propia iniciativa y de su curiosidad por los elementos del medio natural en que se desenvuelven. Esto último para evitar imponer modelos rígidos con contenidos que muchas veces no fomentan el potencial creativo y curioso de la primera infancia.

Finalmente, el Slow Parenting busca que los niños desarrollen la capacidad de hacer frente a la imprevisibilidad del mundo real y aprendan a conocerse a sí mismos desde pequeños.

En otras palabras, procura que los niños reconozcan que la vida cotidiana tiene riesgos, y la forma más adecuada de hacerlo es permitir que los enfrenten. Solo así podrán generen estrategias para detectar sus necesidades, resolver sus problemas y para pedir ayuda de las maneras adecuadas.