Lunes, Mayo 20, 2013

Cómo se mutila una vida, historias de alcohol y velocidad Última Parte

Cómo se mutila una vida, historias de alcohol y velocidad

Última Parte

* Registre este dato después de leer el siguiente texto porque, desde cualquier punto de vista, representa una tragedia mayúscula que usted no querría vivir: todos  y cada uno de los días del año mueren 66 mexicanos, la mayoría jóvenes de entre 15 y 29 años de edad, en accidentes automovilísticos. México se ha convertido en el séptimo país del mundo y el tercero  en Latinoamérica con más altas tasas de mortalidad por accidentes de tráfico.

León Coronado: las nueve cervezas que quebraron su columna
León Coronado Gastélum abrió los ojos y, sin poder moverse, sintió que alguien lo había estado torturando.
–Has estado inconsciente desde hace dos días. ¿Recuerdas el accidente? –le preguntó alguien, difícil precisar quién.
–No sé de qué habla –respondió con dificultad, pero bastó un segundo para descubrir que las piernas no le respondían.
Desconcertado, intentó moverlas. Eso fue imposible.
–Es normal y pasajero. ¿Ya recuerdas el accidente? –insistió la misma persona.
No respondió. Lentos, los recuerdos comenzaron a tomar forma. En su memoria quedó la huella de la preocupación por cómo reaccionarían sus padres. El auto quedó destruido.
“Dios, ¡qué regañiza me espera!”.
No fue así. A las seis de la mañana del 26 de agosto de 1994, cuando comenzó esta historia, sus padres visitaban el DF. Veintidós horas antes, León despertó feliz en su casa en Zapopan, Jalisco.
A sus 19 años, tenía dos razones para sonreír. Días antes había comenzado sus estudios en mercadotecnia en la Universidad Autónoma de Guadalajara y, lo que en verdad resultaba relevante para su futuro, el entrenador de futbol Víctor Manuel Vucetich le había comunicado que muy pronto se incorporaría a jugar con los Tecos, el equipo de futbol de primera división. León llevaba años esperando la noticia.
Así que ese jueves partió a la universidad. Más tarde, recibió una llamada. Eran sus primas. Vacacionaban y querían salir a dar una vuelta. No lo pensó mucho.
En la noche, pasó por ellas y su amigo Armando. Acudieron a un antro de moda en Guadalajara, festejaron con varios tragos y un poco de baile. Tres horas después, habían regresado a casa de León, pero por alguna razón él no quería estar ahí.
Jovial, tomó el teléfono. “¿Papá? Quiero verlos”. “¿Bebiste?”. “Poquito. Pero ahorita tomo un avión y me lanzo”. “Bueno…”.
Lo primero que hizo después de ir a dejar a sus primas fue probar la potencia de su automóvil y acelerar. Tenía que llegar al aeropuerto.
–¡Wow! Vamos a 200 por hora –dijo Armando cuando se acercaban al municipio El Salto, en la carretera a Chapala. –Ajá –expresó León.
Todo iba bien. Pero apareció un Corvette gris y rebasó a León, quien no quiso quedarse atrás y aceleró.
Excitado y mareado, apenas notó que una ráfaga de ira agitó su ánimo, desviándolo del camino y provocando una volcadura predecible, casi perfecta. Eran las seis de la mañana.
El vehículo rodó durante 12 segundos y, con León a 45 metros de distancia, se detuvo al lado de la carretera. Cuando Armando despertó y salió del auto semidestruido, agradeció haber utilizado el cinturón de seguridad. No tenía un rasguño.
En el suelo se encontraba León: seis de sus 24 costillas quedaron destrozadas, dos de ellas se incrustaron en los pulmones, por lo que habrían que drenarlos para evitar que muriera de una neumonía. Un golpe más provocaría que León lamentara irremediablemente haber bebido nueve cervezas: el que le quebró la columna vertebral. León ya no caminaría jamás.
A pocos extrañó que un niño vivaracho como él se inclinara por el futbol, apenas seis años después de haber nacido un 30 de diciembre de 1974 en Zapopan, Jalisco. El problema eran las malas notas escolares. Para él, primero estaba el futbol.
Sus padres reconocieron su talento y lo afiliaron a las fuerzas básicas del Guadalajara. Pasaron los años, León se convirtió en un goleador nato pero un estudiante por debajo del promedio.
Mudó de un colegio a otro hasta que llegó a una preparatoria de la Universidad Autónoma de Guadalajara y se incorporó a las reservas de los Tecos. Era un hecho que pronto debutaría como futbolista profesional.
Nadie detendría su ascenso deportivo. Por eso fue triste verlo respirar con dificultad, en terapia intensiva, sometido a una interminable serie de operaciones. Quién se atrevería a decirle que ya no podría siquiera pegarle a un balón.
Al contrario, le mintieron. Bastarían unos meses de terapia para que caminara como siempre. El tiempo transcurrió sin que notase mejoría alguna. “Iremos a Estados Unidos. Aquí los doctores no sirven. Es cuestión de meses”, comentaron sus padres, pero el asunto se extendió por más de un año.
Nada. Sólo ese incisivo dolor, el que experimentaba cada que le tomaban placas a su columna: todos los días.
Fue inútil. León titubeaba al hablar. Sus padres ya no sabían qué inventar. Así que dijeron lo que tenían que decir y callaron. Él tampoco habló gran cosa. No le importaban las cicatrices. Sólo pensó en el futbol.
–Yo lo sabía, pero guardaba esperanzas. Estaba arrepentido. Hacía muchas conjeturas: ¿y si me hubiera quedado en casa?, ¿y si…?
Cómo aceptar que tenía la responsabilidad, y que, al contrario de lo que me dijeron, nunca nada iba a volver a ser lo mismo, lo que implicaba recriminarme las consecuencias durante todos los días.
Comencé a tomar terapia regularmente en un gimnasio. Ya no quería que mis papás gastaran tanto dinero en una falsa recuperación. Comprendí que no volvería a jugar futbol. Eso era lo más triste, pero no lloré. Era justificarme.
Sentado en su silla de ruedas, León regresó a una nueva universidad. Imaginó que la vida podría ser igual que antes y, con suerte, incluso mejor.
Sólo fue diferente. Supo qué significaba ser discapacitado cuando ingresó a una escuela que no estaba acondicionada para las personas como él.  Donde, incluso, era el único discapacitado.
–Salí de la universidad y tuve que buscar trabajo y moverme por mí mismo. ¡Qué difícil! Es aterrador ser discapacitado en México. El espacio es y funciona para las personas convencionales. Volví a aprender a hacer todo, ir al baño y cubrir mis necesidades básicas. No caminar se convirtió en algo irrelevante cuando lo comparaba con todo lo que eso implica. Pero mi otra vida seguía ahí. Quién olvida la sensación de patear un balón o bailar. Durante un tiempo trabajé en el DIF de Jalisco. Daba accesibilidad a todo tipo de lugares para las personas con discapacidad. También voy a universidades para platicar mi experiencia, para decir a los jóvenes que los accidentes viales suceden y que es posible prevenirlos. Es un proyecto con un lema simple: “La fiesta dura toda la vida, no te la acabes en un día”.
Enmudece. Está recordando aquella escena en el hospital. Cuando decía que no sabía qué había pasado.
–¿Ya recordaste el accidente? No te preocupes. Volverás a la normalidad.
–No lo sé, pero algo me dice que usted miente. Que miente y no deja de mentir –respondió.
* * *
Lorna Parra Badillo, una violinista con prótesis
¿El fin del mundo, perder la mano y la mitad del brazo izquierdo? Pregúntenselo a una violinista de 21 años.
Aquella vez sentí como si alguien me arrastrara rabiosamente contra el piso de la carretera Cuautla-Morelos. La noche del 21 de diciembre de 2007 mi hermano mayor, de 29 años hoy, bebió en una boda en Cuautla. Más tarde, ebrio, se aferró a conducir la camioneta de regreso al DF. Varios familiares, entre ellos mi madre y mi novio, subieron al vehículo y a mí, Lorna Parra Badillo, me mandaron a la cajuela.
Ahí estaba, a punto de sumergirme en el más placentero de los sueños… por eso, cómo notar el exceso de velocidad, la curva y los tres giros que dio el vehículo. Salí de la cajuela, pero no supe cómo. No sé qué les sucedió a mi mano y a mi brazo. Cuando reaccioné, ya no estaban. No sólo eso. Sufrí una enorme herida en la espalda, que mereció 100 puntadas internas y externas. La prueba, la cicatriz que aún conservo.
Mi hermano y madre se sentían culpables. Qué más daba. Yo sólo pensé en la música. En mi violín.
Lloré. Mil veces lloré. A principios de 2008 comenzaría la carrera de música y aborté el plan: ingresé a la escuela, al Centro Morelense de las Artes, pero me dediqué a tomar clases de canto, dije adiós al violín. Al año deserté. No podía ver a los demás con el instrumento.
Fueron días de frustración. Era zurda. No podía hacer nada. Haciendo bolitas y palitos comencé a usar la mano derecha. Sólo hasta un año después del accidente comencé a utilizar una prótesis. Decidí regresar a clases porque un pretendiente me regaló un violín para zurdos. ¿Qué pasó con mi novio? No superó el accidente. Pasó poco tiempo para que se despidiera de mí.
* * *
Gabriel González, miembro ejecutivo del Consejo Ciudadano para la Seguridad Vial, cree que no hay nada oculto bajo el sol cuando se trata de explicar por qué la gente se está muriendo tanto en accidentes viales: conductor, vehículo y camino.
Alcohol más velocidad, más época de lluvias, igual a accidente. Manejar a 40 kilómetros por hora puede ser exceso de velocidad, depende de la zona.
En general, no se habla mucho de los vehículos, pero él sabe qué papel juegan en los accidentes.
“El Atos y el Matiz encabezan los altos riesgos, pues el centro de gravedad lo tienen muy arriba. Si das una curva a 20 kilómetros, el auto puede voltearse. Imagínate si vas a mayor velocidad. Por su bajo peso y las llantitas tan pequeñas que utilizan, tienen poca superficie al momento de frenar.
En vez de hacerlo a 10 metros, lo hacen a 30 metros. Pesan tan poco que se van como una bicicleta”.
Estos vehículos, resalta, no utilizan los dispositivos que en otros países son obligatorios como las bolsas de aire y los cinturones de seguridad, adelante y atrás.
Estados Unidos no permite que estos coches se vendan en su territorio, pero en México no existe normatividad al respecto. “México y América Latina son aeropuertos de chatarras. Vehículos que por algo no funcionan y no se venden en países como Estados Unidos y Alemania, los mandan para acá”.
–¿Qué hacen los países que han reducido sus índices de accidentalidad?
–En España, para poder manejar, el nuevo conductor gasta 2 mil euros para obtener su carnet, que sería la licencia. A quien le costó 2 mil euros, lo cuida más que quien pagó 300 o 500 pesos, como es el caso de México, donde es más cara una multa que tramitar una nueva licencia.
El reglamento metropolitano dice que el conductor que la obtiene por primera vez está obligado a tomar un curso de manejo en una escuela autorizada y que sin ese certificado no habrá permiso. Nadie hace eso, empezando por la autoridad. Nadie te pide ese documento.
Pagas tus 300 pesos y ya. En México sólo existe un reglamento: traiga estos papeles y pague tanto. (ESPECIAL/EMEEQUIS)

 

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