La doctrina del lado oscuro
Los ataques terroristas del 11 de septiembre 2001 produjeron cambios fundamentales en el ámbito de la seguridad nacional de Estados Unidos. Uno de los más relevantes fue, sin duda, la manera en que se decidió combatir el terrorismo y cómo definir a los sospechosos de ejercerlo.
Cinco días después de los ataques, el entonces vicepresidente Dick Cheney describió lo que sería la respuesta de Estados Unidos al terrorismo: “Debemos trabajar en una especie de lado oscuro, por decirlo así –anunció–. Tenemos que pasar tiempo en las sombras, en el mundo de la inteligencia. Muchas de las tareas pendientes tendrán que hacerse en silencio, sin discusión, usando fuentes y métodos propios de nuestras agencias de inteligencia, si es que deseamos tener éxito. Ese es el mundo en el que esta gente opera. Por ello, será vital que empleemos cualquier medio disponible que nos permita alcanzar nuestros objetivos”.
Algunos analistas consideran a Cheney como el autor de la nueva política “del lado oscuro”, pero lo cierto es que en el mundo de la inteligencia y la contrainsurgencia, las tácticas del lado oscuro ya se han puesto en práctica en varios países, incluso algunos de ellos lo hicieron bajo la influencia de Estados Unidos.
La declaración de Cheney otorgó a la política y filosofía del “lado oscuro”, eso sí, un estatus oficial, muy cercano a la Casa Blanca. La política del lado oscuro se había desarrollado, de manera estratégica, muy lejos de la Casa Blanca, de modo que el Presidente estuviera siempre en posibilidad de negar estar enterado de cualquier hecho comprometedor.
El lado oscuro no podía ser, por supuesto, una política oficial porque su práctica se encuentra al margen de la legalidad o pisa terrenos plenamente ilegales, con las consecuentes violaciones a los derechos humanos cuyo respeto el gobierno de Estados Unidos promueve en todo el mundo.
Entonces, si oficialmente se deseaban usar “medidas duras”, del lado oscuro (torturas, secuestros, etcétera), se requería montar una infraestructura legal.
Los “magos” del Departamento de Justicia no legalizaron, por supuesto, la tortura y otros abusos físicos. Hicieron algo más sencillo: cambiaron la definición de lo que es la tortura y otras prácticas graves. Lograron que a la tortura se le llamara con un eufemismo: “técnicas aumentadas de interrogación”. Así, si el interrogado no siente el dolor asociado con lesiones graves que lo pueden llevar a la muerte o el fallo de un órgano, no se le considera tortura.
No fue difícil encontrar en el gobierno de George W. Bush quienes estuvieran dispuestos a realizar el trabajo legal para autorizar las tácticas nuevas del lado oscuro. Por cierto, algunos funcionarios del Departamento de Justicia se opusieron, lo que generó una división entre los altos mandos de la administración presidencial.
El uso de medidas duras en el mundo de la inteligencia y la contrainsurgencia no era un recurso nuevo, pero sí lo era que coincidieran una seria crisis de seguridad nacional y la presencia de un funcionario de muy alto rango, el vicepresidente Cheney, que asumía que el Presidente tenía el derecho de ejercer libremente el poder, sobre todo en los momentos excepcionales en que existen amenazas —reales o supuestas— contra la nación.
Cheney no reconocía, por supuesto, las limitaciones que la Constitución impone al Presidente; él creía que debía ser soberano como un rey, más que un mandatario acotado por la Constitución o por el Congreso.
Estudiosos de la política del “lado oscuro” han identificado a Cheney como el padre de esa doctrina porque en la Presidencia de Bush él era el eje intelectual sobre el cual se montó esta manera de concebir el uso del poder.
Ron Suskind asegura en su libro The One Percent Doctrine que en el marco de una reunión en la que estaban presentes el director de la CIA y el consejero de Seguridad Nacional, entre otros, Cheney abordó la posibilidad de que algunos cienficos paquistaníes estuvieran ayudando a Al Qaeda a fabricar un arma nuclear.
Cheney declaró: “Si existe un uno por ciento de posibilidad de que los científicos paquistaníes estén ayudando a Al Qaeda, tenemos que considerarla como una certeza a la hora de responder… No se trata de analizar, o de buscar evidencias, se trata de cómo vamos a responder”. Eso es lo que llegó a ser denominada la doctrina Cheney: la organización de una
respuesta a una supuesta amenaza es mucho más importante que la evidencia y análisis de la misma.
A partir de ahí se confeccionó una larga lista de sospechosos que llegaron a conocer las medidas del lado oscuro de la guerra de Bush contra el terrorismo. Lo peor es que esa doctrina llegó para quedarse. (ESPECIAL/EMEEQUIS)
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