Viernes, Mayo 24, 2013

¡Aviéntales el cerillo, son secuestradores! Última Parte

¡Aviéntales el cerillo, son secuestradores!

Última Parte

* Un rumor se esparce como flama tras un chispazo: tres hombres querían secuestrar a unas jóvenes. Ya es demasiado. Hace poco mataron en el panteón a tres muchachos y luego a otros dos. “¡Agárrenlos y llévenlos a la cárcel!”. Gente del pueblo lo hace. Ahí los guardan hasta que alguien grita: “Los van a soltar”. Hay decenas de habitantes que no están dispuestos a tolerarlo, sea o no cierto. Así que sacan a los acusados: los jalan, los insultan, les pegan, les gritan, los patean. Los receptores de tanta furia no entienden por qué. No importa. De una persona a otra se pasan un garrafón azul y una botella de Coca Cola. Ambos con gasolina. La turba ruge, enloquecida. “¡Pinches secuestradores!”. Los amenazan, los apalean, los empapan de combustible. Ninguno tenía que ver con robos o raptos. Eran inocentes.

Rodrigo, el marido de la hermana de Pepe, acompaña a Arely y Verónica a Huitzilzingo. Les pide que esperen a la entrada del lugar. Ven pa- sar un convoy de patrullas y camiones de bomberos. No se explican por qué los bomberos.
Mantienen la necesaria distancia con la turba. Se preguntan si es conveniente aclarar que son familiares del hombre al que acusan de secuestrador, pues así se ha dicho por la televisión, y si de algo servirá decir que no es más que un pobre albañil.
La agitación es demasiada y tienen miedo de acercarse.
—Vamos a la casa. Nos dormimos y ma- ñana vemos qué pasa —propone Rodrigo. Las mujeres están de acuerdo. Creen que si los detenidos son Pepe y los muchachos, en el peor de los casos será un asunto de golpes y ya.
Pero cuando regresan a su hogar y se sientan frente a la televisión, ven en el noticiario nocturno de Televisa imágenes de una camioneta quemada. Los reportes en vivo aseguran que dos de las tres personas han muerto y que la tercera ha sido llevada a un hospital.
“Los quemaron vivos”, insiste con asom- bro el conductor.
Verónica y Arely tratan de obtener datos por teléfono. Nadie les dice nada. En la ma- drugada se les une Faustino, padre de Pepe. Se presentan en el hospital y se enteran de que el último de los tres ha muerto apenas. Y no es Pepe.
Se dirigen a la agencia del Ministerio Público. Suplican por información, pero se las niegan. Un vendedor de servicios fúnebres les ofrece ayuda para conseguirla. A cambio, queda entendido, la familia contratará a su funeraria. El vendedor de ataúdes entra con los funcionarios públicos y al poco tiempo regresa.
—¿Quién tiene credencial de elector? —pregunta.
—Yo... aquí la tengo —se adelanta don Faustino.
Camina por pasillos iluminados con luz blanca. Lo guían a una plancha y descubren un cuerpo medio calcinado.
—Sí, sí es mi hijo —tartamudea, conmocionado, el hombre.
Pepe, al igual que Raúl, no fallece por las quemaduras. La autopsia revela algo más doloroso: se asfixió con los gases desprendidos de la combustión de su propio cuerpo.
** *
Es miércoles de ceniza y El Perra está por conocer a la jueza que lleva su caso, Catalina Aparicio, quien aparece en la sala de audiencias cubierta con una toga negra; unos discretos aretes y una delgada cadena de oro aliviaban la solemnidad del atuendo.
El edificio en que se lleva a cabo el juicio se ubica a un lado de la cárcel estatal construida años atrás, justo a la orilla del propio pueblo de Huitzilzingo. En esa prisión están detenidos El Perra y 19 vecinos más. Todos van y vienen por los juzgados con una cruz tiznada en la frente.
El juicio de los presuntos linchadores ocurre bajo el novedoso formato oral. La audiencia es presidida por la jueza, cuyo ingreso al recinto hace que los asistentes au- tomáticamente se pongan de pie. La jueza Aparicio gol- pea con el mazo una madera e inicia la sesión. Intervienen los fiscales y responde la defensa.
El Perra se sienta dentro de una vitrina de acrílico colocada al interior de la sala, a donde se llega por los tú- neles de la cárcel. Él también debe ponerse de pie ante el anuncio de la llegada de la juez Aparicio. La observa con el ceño apretado. La arruga vertical de su entrecejo se ve especialmente profunda.
—Se inicia la sesión para resolver si se somete a pro- ceso al ciudadano Vianey Óscar Vargas Medina por el delito de homicidio triple. ¿Entiende usted de qué se le acusa? —pregunta al detenido.
El hombre, ya sentado, se reclina hacia adelante y aprieta el botón del intercomunicador para que su voz se escuche fuera de la vitrina.
—Sí, su señoría —responde el imputado.
La jueza pide a los fiscales, sentados frente a ella, ex- poner sus argumentos.
—Vianey Óscar Vargas Medina, El Perra, compró con su dinero 50 pesos de gasolina que le despacharon en un envase de Coca Cola y en un garrafón azul. Luego regresó al pueblo y, según su propio dicho, prendió el cerillo para provocar el fuego que terminó con las tres vidas, por lo que pedimos a usted se le procese por los delitos de ho- micidio —expone, básicamente, el fiscal Jesús Antonio Martínez.
Para entonces el acusado ya se ha retractado de la confesión videograbada y divulgada por la procuraduría mexiquense. Argumentó que habló bajo tortura y amenazas.
Catalina Aparicio llama entonces a que la defensa, sentada junto a la pecera transparente en la que aguarda el acusado, presente argumentos a favor de su cliente.
—Esta acusación ocurre de manera temeraria e ilógi- ca, pues nunca, en ningún momento, la fiscalía demues- tra que mi cliente haya encendido el cerillo y lo haya arrojado. Si mi cliente adquirió la gasolina fue con el único propósito de que otros sujetos incendiaran una ca- mioneta, por lo que, suponiendo sin conceder, habría de acusársele, en todo caso, de la relación que pudiera tener con daños en propiedad ajena, por lo que pido a usted, señoría, determine su absoluta e inmediata libertad.
La jueza admite que se continúe el proceso, pero des- echa los elementos presentados por la fiscalía y desba- rata, específicamente, la acusación de que El Perra es el autor material del triple homicidio. Los funcionarios buscan explicar el móvil del triple homicidio, pero siempre tropiezan, se enredan, se confunden.
En realidad nadie sabe por qué inmolaron a esos dos muchachos y a un buen hombre.
** *
A la fecha, 23 habitantes de Huitzilzingo han sido deteni- dos y sometidos a proceso penal. Veinte de ellos, mayores de edad, están presos en una cárcel construida junto a su propio pueblo. Los tres menores fueron internados en una correccional situada a las faldas del volcán Nevado de Toluca.
El procurador del Estado de México, Alfredo Castillo, ha informado a la prensa que uno de los muchachos de Tezompa —no está claro si Luis Alberto o Raúl— man- tenía un romance o buscaba tenerlo con una chica de la preparatoria de Huitzilzingo. Y, según dice, un joven que también pretendía a la chica fue retado por los albañiles el día previo al linchamiento.
El joven evitó el encuentro. Antes de irse, continúa la explicación del funcionario, los tres de Tezompa lo ame- nazaron con regresar al día siguiente, así que los esperó... acompañado de un grupo de amigos, quienes golpearon a los forasteros, los entregaron en la delegación, para luego reclamarlos, sacarlos por la fuerza y asesinarlos.
Esta versión tiene algunos flancos débiles: no existe la joven enamorada ni tampoco el rival. Solamente es un rumor iniciado en una escuela. La segunda hipótesis de la fiscalía mexiquense es que los albañiles efectivamente cometieron un robo el día anterior al triple asesinato. Pero los agentes del MP ni siquiera tienen idea a quién y de qué habrían despojado.
¿Y qué de las vidas de Raúl y Luis Alberto?
Sus familiares no dicen una sola palabra. No hablan de puro miedo. Sus madres abren la puerta, miran con desconfianza. Procuran mostrarse amables, se discul- pan por no romper el silencio durante su duelo.
En casa, Verónica aclara por qué las madres no quirren hablar: en el pueblo donde mataron a su hermano y a los hijos de sus vecinas se espar- ció el rumor de que ellas, familiares y vecinos planean una incursión a Huitzilzingo para secuestrar a los familiares de los supuestos asesinos, llevarlos a Tezompa, rociarlos de gasolina y prenderles fuego. Pero jura que eso no es cierto, que ni saben quiénes fueron, ni por qué lo hicieron.
“A nadie acusamos. Nada más queremos seguir con nuestras vidas, olvidar”.
** *
La noche del 10 de febrero de 2012 se incendia por un instante. Los cuerpos de José Manuel, Luis Alberto y Raúl arden. La multitud, antes furiosa, se deja hipnotizar con las llamas.

Al fin, el silencio
lo cubre todo.

 

(ESPECIAL/EMEEQUIS)

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